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Authors: Katherine Neville

Tags: #GusiX, Novela, Intriga

El Fuego (2 page)

BOOK: El Fuego
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Tenía un nombre:
Amaurosis Scacchistica
, ceguera ajedrecística. Todo jugador la había experimentado en algún momento de su vida, aunque preferían llamar metedura de pata a la incapacidad de prever un peligro obvio. A Solarin le había ocurrido una vez, cuando era muy joven. Según recordaba, era como caer en un pozo, como ir dando vueltas en plena caída libre sin saber qué es arriba y qué abajo.

En todo el tiempo que Xie llevaba jugando, sólo le había pasado una vez, pero Solarin era consciente de que dos errores de ese tipo eran uno más del que podía permitirse. Ese día no podía volver a ocurrirle.

Antes de alcanzar la sacristía donde se jugaría la partida, Solarin y Xie se toparon con una barricada humana inesperada: una larga hilera de mujeres anodinas, vestidas con ropas gastadas y la cabeza cubierta con un pañuelo, que hacían cola en la nieve a la espera del inicio de las eternas misas conmemorativas diarias a las puertas del osario del famoso Troitski Sobor, la iglesia de la Santa Trinidad y San Sergio, donde estaban enterrados los huesos del santo. Aquellas pobres almas en pena —debía de haber unas cincuenta o sesenta— se persignaban compulsivamente a la manera ortodoxa, como poseídas por una histeria colectiva religiosa, sin apartar la mirada de la imagen del Salvador en lo alto del muro exterior de la iglesia.

Las mujeres, rezando entre gemidos en medio de los remolinos de nieve, formaban una barrera casi tan infranqueable como los guardias armados apostados en lo alto de los parapetos. Además, siguiendo la vieja tradición soviética, se negaban a moverse o a romper filas para dejar pasar a nadie por en medio de la cola, y Solarin tenía prisa.

Al reanudar el paso para rodear la larga hilera, vio la fachada del Museo de Arte por encima de las cabezas de las mujeres y, justo detrás, la sacristía y el tesoro, el lugar al que se dirigían a jugar la partida.

Habían engalanado la parte frontal del museo con una pancarta enorme y llamativa en la que aparecía la imagen de un cuadro y unas palabras dibujadas a mano que anunciaban, en cirílico y en inglés: SETENTA Y CINCO AÑOS DE ARTE SOVIÉTICO DE PALEJ.

El arte de Palej consistía en pinturas lacadas que a menudo representaban escenas inspiradas en cuentos populares y temas folclóricos. Durante mucho tiempo había sido el único arte primitivo o «supersticioso» aceptable para el régimen comunista, con el cual se adornaba todo en ese país, desde cajas en miniatura de papel maché hasta las paredes del Palacio de los Pioneros, donde Solarin, junto con otros cincuenta niños, había practicado sus defensas y contraataques durante más de doce años. En el tiempo que había vivido allí no había tenido acceso a libros de cuentos, tebeos o películas, por lo que las ilustraciones de Palej acerca de los relatos populares habían sido la única puerta del joven Alexander al reino de la fantasía.

Conocía muy bien el cuadro representado en la pancarta, era famoso, y además tenía la impresión de que le recordaba algo importante. Lo estudió con detenimiento mientras Xie y él intentaban sortear la larga cola de beatas enfervorizadas.

Era una escena del cuento popular ruso más famoso: el relato del pájaro de fuego. Existían muchas versiones que habían servido de inspiración a grandes obras de arte, literatura y música, desde Pushkin a Stravinski. La imagen de la pancarta representaba la escena en la que el príncipe Iván, agazapado toda la noche en los jardines de su padre, el zar, por fin ve la radiante ave que había estado comiéndose las manzanas doradas del soberano, e intenta darle caza. El pájaro de fuego consigue escapar, pero deja tras de sí una de sus fabulosas y mágicas plumas en el puño de Iván.

Era la famosa obra de arte de Alexander Kotujin, que colgaba en el Palacio de los Pioneros. Se decía que Kotujin, que pertenecía a la primera generación de artistas de Palej de la década de 1930, ocultaba mensajes secretos en los símbolos que utilizaba en sus pinturas, mensajes que los censores del Estado no siempre conseguían interpretar con facilidad, al contrario del campesinado analfabeto. Solarin se preguntó qué podría significar aquel mensaje con décadas de antigüedad y a quién iría dirigido.

Por fin llegaron al final de la larga cola de pacientes mujeres. Cuando Solarin y Xie torcieron para dirigirse hacia la sacristía, una anciana encorvada, tocada con un pañuelo de cabeza, un jersey raído y un cubo de latón en una mano, abandonó su puesto en la hilera y los rozó al pasar junto a ellos, sin dejar de persignarse con fervor. Tropezó con Xie, se inclinó a modo de disculpa y siguió adelante, hacia la explanada.

Cuando la anciana se hubo alejado, Solarin sintió que Xie le tiraba de la mano. La miró y vio que su hija extraía del bolsillo un pedazo de cartulina, en relieve: una entrada o un pase para la exposición de Palej, ya que llevaba impresa la misma imagen de la pancarta.

—¿De dónde ha salido eso? —le preguntó, aunque temía conocer la respuesta.

Se volvió hacia la mujer, pero había desaparecido en el parque.

—Esa señora me lo ha metido en el bolsillo —contestó Xie.

Cuando volvió a mirar a su hija, ésta le había dado la vuelta a la cartulina y Solarin se la quitó. En el dorso había pegada una pequeña ilustración de un ave en pleno vuelo en el interior de una estrella islámica de ocho puntas. Debajo había tres palabras impresas en ruso:

Al leerlas, Solarin sintió el pulso en las sienes. Se volvió rápidamente en dirección al camino que había tomado la anciana, pero era como si ésta se hubiera convertido en humo. En ese momento atisbó algo en el otro extremo de la fortaleza amurallada. Tras asomar entre el bosquecillo de árboles, la mujer desapareció de nuevo al doblar la esquina de los Aposentos del Zar, a más de cien pasos de ellos.

Justo antes de desvanecerse, la mujer volvió la vista atrás y miró directamente a Solarin, quien, a punto de seguirla, se detuvo en seco. A pesar de la distancia, consiguió distinguir sus claros ojos azules y el mechón de cabello rubio plateado que despuntaba bajo el pañuelo. No era una anciana, sino una mujer de gran belleza y misterio infinito.

Y no sólo eso: conocía aquel rostro. Un rostro que jamás habría creído posible volver a ver en su vida.

Instantes después ya no estaba.

Se oyó decir: «No puede ser».

¿Cómo era posible? La gente no volvía de entre los muertos, y aunque lo hiciera, no podía seguir conservando el mismo aspecto de hacía cincuenta años.

—¿Conoces a esa señora, papá? —preguntó Xie en un susurro, para que nadie pudiera oírla.

Solarin hincó una rodilla en la nieve, junto a su hija, y la estrechó entre sus brazos, hundiendo la cara en la bufanda de Xie.

Tenía ganas de llorar.

—Por un momento me ha parecido conocerla —contestó—, pero seguro que me he equivocado.

La abrazó con mayor fuerza, como si quisiera estrujarla. En todos esos años, nunca le había mentido a su hija… hasta ese momento. Sin embargo, ¿qué otra cosa iba a decirle?

—¿Qué pone en la cartulina? —le susurró Xie al oído—. La del pájaro volando.


Opasnost
. Significa «peligro» —contestó Solarin, intentando reponerse.

Por amor de Dios, ¿en qué estaba pensando? Aquello no había sido más que una ilusión óptica provocada por una semana de tensión, mala comida y un frío de mil demonios. Tenía que ser fuerte. Se puso en pie y le dio a su hija un apretón en el hombro.

—¡Aunque puede que el único peligro sea que hayas olvidado cómo se juega!

Le dedicó una sonrisa que Xie no le devolvió.

—¿Qué más pone?


Berechsya ognyá
—leyó—. Creo que es una referencia al pájaro de fuego o Fénix de la imagen. —Solarin guardó silencio un instante y luego la miró—. Significa «Cuidado con el fuego». —Respiró hondo—. Vamos, entremos ya. ¡A ver si le das una paliza a ese
patzer
ucraniano!

Desde el momento en que entraron en la sacristía de la Serguéi Lavra, Solarin supo que algo no iba bien. El recinto era frío y húmedo, igual de deprimente que todo lo demás durante ese supuesto «verano de las abuelas». Pensó en el mensaje de la mujer.

¿Qué significaba?

Taras Petrosián, el elegante nuevo rico que organizaba el torneo, con su caro traje italiano, estaba entregando un abultado fajo de rublos como si fuera calderilla a un monje enjuto con un cargado llavero, el monje que había abierto el recinto para la competición. Se decía que Petrosián había amasado su fortuna gracias a ciertos trapicheos poco limpios relacionados con varios de los restaurantes y clubes nocturnos de moda de los que era dueño. En ruso existía una palabra coloquial para aquello:
blat
. Contactos.

Los matones armados ya se habían introducido en el sanctasanctórum. Asomaban por todas partes, apoyados sin ningún disimulo contra las paredes de la sacristía, y no sólo para entrar en calor. Entre otras cosas, aquel edificio bajo, achaparrado y discreto también se utilizaba como tesoro del monasterio.

La prodigalidad en oro y joyas de la iglesia medieval se exhibía en vitrinas de cristal iluminadas que descansaban sobre pedestales, repartidos por todo el recinto. Solarin pensó que sería difícil concentrarse en la partida de ajedrez con tanto destello cegador, pero sentado junto al tablero de juego ya estaba el joven Vartan Azov, quien no les había quitado de encima sus grandes ojos desde que habían entrado en la sala. Xie se soltó de la mano de su padre y fue a saludarlo. No era la primera vez que Solarin deseaba ver a Xie sacándole brillo al tablero con ese mocoso arrogante.

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